Por: Joel Maniviesa García

Me llamo Rafael, pero todo el mundo me llama Rafa. La historia que voy a contar, a primera vista parece inventada, pero es cierta. Lo único que es inventado es el nombre, no me llamo Rafael.

Todo empezó hace veintisiete años en Estambul. En aquella época yo, trabajaba como comercial en una conocida casa de productos. Mis jefes me premiaron con un viaje a Estambul de siete días, por haber llegado a un cupo de ventas. A cambio tenía que colaborar con los guías para que las clientas y clientes estuvieran a gusto. Solo que había un problema; hacía poco tiempo que me había separado de mi mujer y mis ánimos estaban por los suelos.

No tenía ganas de nada, pero entre mis jefes, compañeros y algunos clientes me convencieron y también me presionaron. Durante un año les había hablado de las bondades de este viaje y ahora, decían que no me podía echar atrás. Pero todos estaban de acuerdo en que eso me haría bien.

La cuestión es que dije que sí y preparé las maletas para ir a esa maravillosa ciudad, aunque dudaba mucho de que mi mente estuviera preparada para ello. Estaba demasiado obsesionado por mi reciente separación.

Mi compañero de habitación Francisco, se esforzó durante las tres horas que duró el viaje en avión, en darme ánimos. Me explicaba chistes y me decía que lo íbamos a pasar genial, pero yo no respondía a sus estímulos.

Nuestra habitación estaba en un noveno piso. Desde allí se divisaba la ciudad, aunque aquél día una espesa bruma contaminante cubría la mayor parte de ella. Se suponía, según la propaganda del hotel, que desde allí se podía ver la Mezquita Azul, pero yo no vi nada. No me importó tal era mi estado de ánimo. Todo me daba igual, estaba realmente tocado y hundido.

Después de deshacer las maletas, bajamos al restaurante donde nos esperaba nuestro jefe de ventas para distribuirnos y sentarnos en las mesas con nuestras clientas. El plan era que ellas y ellos se sintieran en todo momento arropados con nuestra compañía. No recuerdo que tema de conversación tenían durante la cena. Mi ausencia era notoria y todo el mundo se dio cuenta de mi absoluta, indiferente y apática, actitud.

—¡Rafa, por favor!—me dijo mi compañero, cuando acabamos de cenar—¡reacciona, macho! Que no es el fin del mundo, porque tu mujer te haya dejado, acéptalo y ponte las pilas—

—¡ah, sí claro tú lo ves muy fácil! —

—pues por lo menos pon cara de interés, sonríe, aunque no hables, que nos vamos a quedar sin clientas. No te das cuenta que son las que nos dan de comer.

A la mañana siguiente tuvimos una reunión en la sala de actos donde los responsables de la empresa nos presentaron a los guías y el programa de visitas que haríamos durante los siete días que permaneceríamos en Estambul. Se fletarían cuatro autocares con capacidad para 60 personas e iríamos cuatro vendedores por autocar.

El jefe de ventas me llamó aparte y me advirtió de que tenía que estar más activo y atento a las clientas. Le dije que sí, que haría un esfuerzo pero que no lo podía evitar.

Por la mañana nos recogieron en el hotel para hacer una visita panorámica por la ciudad bizantina, tanto la parte histórica como la moderna. Paseamos por la avenida Istikial (avenida de la independencia) y a mediodía comimos en un restaurante tradicional turco de la zona, donde no faltó el kebab de pollo, después visitamos el palacio de Topkapi época imperial y finalizamos el día con una visita al Gran Bazar.

Sí, el entusiasmo de la gente era evidente, y yo me esforzaba por participar con ellos de esa sensación, pero en mi fuero interno no sentía ni el más mínimo interés. El día transcurrió sin pena ni gloria, para mí.  A la hora de dormir, Paco me dio las buenas noches deseándome un feliz sueño y animándome a que me lo pasara mejor al día siguiente. Le dije que sí, instantes antes de oír sus ronquidos, que por desgracia me acompañaron durante gran parte de la noche. Al día siguiente tocaba paseo en barco por el Bósforo. Me acosté sumamente agotado. No dejaba de pensar en mi separación. No me la quitaba de la cabeza. Intenté dormir, pero no pude. Mis pensamientos y recuerdos de aquellos últimos meses eran mucho más fuertes que mis deseos de dormir.

La mañana del cuarto día de estancia en Estambul, me desperté con unas ojeras de campeonato, visitamos la catedral de Santa Sofía y después de un largo paseo visitamos el Bazar de las Especias. A pesar de que las clientas y mis compañeros intentaban hablar conmigo, mi mente se encontraba a miles de kilómetros de allí. Mi negatividad, definitivamente, se había instalado en mi cerebro.

Una visita trampa a una tienda de alfombras, acabó por refrescarme mi situación personal. Los vendedores de la tienda en su afán por venderme unas alfombras hicieron que mi mente se trasladara otra vez, lamentablemente, a mi hogar ¿Para qué quería una alfombra si no tenía casa? Ni el precioso viaje en barco por el Bósforo donde pudimos apreciar una excelente puesta de sol, me sacó de mi ostracismo particular. Otra vez caí en una depresión temporal que me duró hasta el traslado al hotel para descansar un poco y vestirnos para ver un espectáculo mientras cenábamos; la Danza del Vientre.

El restaurante donde fuimos a cenar, estaba cerca de Fathi. Me llamó mucho la atención la poca luz que había dentro del local. Las mesas dispuestas en batería quedaban adosadas alrededor de la pista de baile circular. No sé porque extraña razón me tocó sentarme cerca de la pista, pero todos me cedían el paso para que así lo hiciera. Más tarde lo supe, cuando acabamos de cenar, (no me pregunten que cené porque, primero que no se veía un carajo, sé que era un tipo de pescado, pero, no le saqué el gusto, el postre a base de dulces, si me gustó).

Con el café, la iluminación de la sala disminuyó aún más, centrándose particularmente en la pista y una música oriental dio paso a una bailarina vestida con las ropas típicas de la danza del vientre. Los focos se dirigían a su cuerpo semidesnudo y al ritmo de la música empezó a mover sus caderas para un lado y para otro en un movimiento convulso y enérgico. Sus manos y brazos cogidos a los extremos de un velo transparente, se movían con un movimiento elegante y acompasado en sintonía con todo su cuerpo. De sus ojos grandes y hermosos salía una mirada insinuante, abierta, que se volvía pícara y descarada a la vez, cuando miraba de perfil en sus innumerables giros y requiebros.

Sin saber cómo, por unos instantes, me vi absorbido por aquella danza vibrante y sugestiva y mis pensamientos de los últimos días quedaron eclipsados ante aquella belleza turca. No podía de dejar de mirarla. Ver sus manos y brazos que se movían por encima de su cabeza y sus caderas ajustándose al ritmo marcado por los instrumentos musicales (la darbuka, buzuq, zurna y rikk), era asombroso.

Abducido por ella, la miré y observé tan detenidamente, que no existía nadie más que ella y yo. Nadie existía, si acaso un leve rumor que se me antojaba lejano llegaba a mis oídos procedentes de las mesas contiguas, ¡de repente me miró! Y, aproximándose hasta donde me encontraba, mientras movía su cuerpo con movimientos sensuales, acercó su boca tentadora hacia la mía, invitándome a que la besara, justo en el momento que lo hice, giró su cara encontrándome con su mejilla.

Mi corazón golpeaba mi pecho desbocado y a punto de salir de él. Se retiró dedicándome una sonrisa y me dejó sin aire durante unos instantes que me parecieron una eternidad. Cuando finalizó su baile me dedicó una mirada larga y profunda y en sus ojos vi un destello de sinceridad.

Todos aplaudieron de forma exhaustiva la danza que había exhibido aquella bella muchacha, menos yo. No hacía falta, la conexión entre ambos era tan intensa que no fue necesario. En la mesa donde estaba y en las otras de al lado todos; compañeros, clientes y clientas, me miraban y sonreían deslizando algún comentario sobre lo que había sucedido, pero a mí me daba igual. Aquello me había vuelto a la vida. A la vida de los sentidos sensoriales. A sentir correr la sangre, de nuevo por mis venas. Estaba vivo otra vez.

Al salir del restaurante alguien me avisó de que había una fotografía mía del momento aquél del beso colgada en el muro del restaurante. Me hice con ella tras pagar lo que valía y volví tras mis pasos con la intención de que me la dedicara por detrás, pero cuando llegué a los camerinos dos hombres vestidos de traje de color negro y anchos como armarios no me dejaron pasar. Intenté hacerme entender en inglés ya que el español parecía que no lo entendían, pero no hubo manera. Me puse tan nervioso y agresivo que levanté la voz. Por suerte para mí llegó mi jefe de ventas con el guía turco que teníamos contratado y me sugirió que le pusiera detrás de la foto mi nombre y el hotel donde nos hospedábamos y que esperara, quizás tuviera suerte.

Fue la mejor solución porque aquellos dos armarios frente a la puerta de la muchacha de la danza del vientre, estaban a punto de perder la paciencia y sacudirme un poco.

Al regresar en el autocar hacía el hotel todo el mundo me recordaba aquél momento en que la bailarina se acercó a mí y me puso la cara para que la besara y, me preguntaban si la conocía de antes—sí de comprar en el mercado del barrio, ¡anda ya! Aquella noche al acostarme mi compañero Paco, vio en mi un cambio muy grande mi estado de ánimo había cambiado y las ganas de hablar también.

—¿Qué ha pasado en la cena?, venga explícamelo—

—no se chico ha sido un flechazo. Es como si la conociera de toda la vida—

—¿pero como puedes pasar de estar pensando en tu ex a esta situación? —

—no te lo puedo explicar, esa chica me ha taladrado la mente con su mirada—

—¿con su mirada solo?

—con todo, compañero, con todo. Vamos a dormir que mañana tenemos excursión. Buenas noches—

—buenas noches.

No me había dormido aun cuando sonó el teléfono de la habitación. Era de la recepción. Había alguien que quería verme. Bajé corriendo me dio un pálpito, sí, ¿sería ella?

Efectivamente era ella, pero esta vez iba vestida a la europea, aun así, su presencia allí, continuaba ejerciendo un gran impacto emocional sobre mi persona. En sus manos llevaba la fotografía que nos habían hecho horas antes. Se presentó:<<Hola Rafael, me llamo María, ¿Cómo estás, disculpa que te haya despertado a estas horas de la noche? Venía a entregarte la foto firmada por mí.

Cuando salí de mi sorpresa, me di cuenta que sabía hablar español perfectamente e incluso me pareció saber que su acento era catalán o valenciano:<<hola María, no te preocupes no me molesta que me hayas despertado al contrario estoy encantadísimo de estar hablando contigo ahora mismo y aquí ¿sabes me ha encantado tu actuación? >>. Gracias me contestó.

—sabes hablar muy bien castellano, eres española ¿verdad? Y bailas muy bien, es un poco extraño ¿no?

—sí, soy valenciana, de Alicante, pero no es raro desde que era muy pequeña me ha gustado bailar danzas orientales y ahora me contratan en todo el mundo árabe—

— cuando te vi bailando la danza del vientre, algo en mi interior se removió, me hiciste revivir algo que creía tener muerto dentro de mí y …

—espera no sigas, antes quería decirte una cosa, tus compañeros y jefes me hablaron de ti. Me explicaron el momento de tu vida por el que estás pasando y me dieron una buena propina para que me acercara a ti—

—¡joder!, que gilipollas que soy y yo haciéndome la ilusión—

—no, no espera Rafael, te explicaré una cosa, yo también pasé por este trago y hui de España para olvidarme de mi pasado por eso accedí a hacerlo, pero cuando te vi, me transmitiste algo que me hizo recordarme a mí misma, quiero que vengas conmigo en este instante, quiero llevarte a un sitio que te gustará, no tengas miedo—

Accedí a irme con ella, de todas formas, no iba a poder dormir, y aunque fuera mentira, estar con ella era un placer.

Cogimos un taxi. Oí como María le hablaba en árabe y creí oír algo relacionado con la palabra Gálata. De la radio del taxi sonaba una canción romántica un poco triste, nos miramos y me dijo: es Tarkan un cantante turco muy popular, me gusta mucho, la letra habla del dolor que provoca la soledad y la separación de la persona que amas, su título “Estambul está llorando”. La miré y me dieron ganas de abrazarla y besarla, pero no lo hice, por no cortar esos momentos tan maravillosos que estaba sintiendo con ella.

El taxi nos dejó en medio de un puente.

—Es el Puente de Gálata y quiero que experimentes una experiencia antes de que amanezca—me dijo.

Nos metimos en un café y hablamos durante horas sobre la vida, el amor, los viajes, hasta que dos horas antes de amanecer subimos al puente y apoyándonos en la barandilla, me dijo que cerrara los ojos y escuchara los cánticos que desde las mezquitas de uno y otro lado del Bósforo se dirigen los fieles musulmanes, recordándose que aquello, les unía en una experiencia religiosa. Una fusión de emociones conjunta e indescriptible.

—Cuando estoy decaída vengo a una de estas casas, (refiriéndose a las Mezquitas) y escucho estos cánticos religiosos—me dijo acercándose a mí hasta juntar sus labios con los míos—te lo debía.

—María, no me hace falta oír los cánticos de esas casas, estar al lado tuyo ya es una experiencia tan emocionante como esos cánticos religiosos y…

—…Rafael, serénate—le dijo tapándole la boca con su mano— vuelve a casa, intenta recuperar a tu mujer y si no lo logras, vuelve por aquí, ya sabes dónde me encontrarás.