Por: Daniel Lerma Vilanova

Esto le pasó a un buen amigo mío vasco. Que estaba loco por conseguir que le dieran algún premio literario, al final lo consiguió; pero no pudo ir a recogerlo.

Aitor se fue a vivir a Cataluña y encontró trabajo como comercial de peluquería en Barcelona. Nos carteábamos muy a menudo, pero a los seis meses se cortó la comunicación. Durante un par de años no supe nada de él. Por fin un día recibí una larga carta, que aún conservo en mi poder, en la que me explicaba el motivo de su tardanza.

Recordé que, en la última carta me explicaba que estaba estudiando catalán en una escuela de adultos del barrio donde vivía y que eso le serviría para conectar más y mejor con sus clientas catalanas. Los progresos que había hecho eran sorprendentes.

Les haré un resumen de la misma y entraré en ella sin preliminares, decía así:

<<Querido amigo:

Espero que al recibo de esta te encuentres bien, yo regular. Disculpa el retraso en escribirte, pero los motivos que he tenido han sido muy serios e importantes, procedo a explicártelos>>.

La carta continuaba con los estudios que realizaba por la noche.

<<Aquél año era especial para mí, Rodrigo, me había empleado a fondo en la escuela nocturna de mi barrio para profundizar y perfeccionar mi nivel de catalán. Alternaba los estudios con mi trabajo de comercial.

Las notas trimestrales, en general, estaban siendo satisfactorias. Las clases de lectura y escritura de catalán muy buenas, rayando la excelencia. Los profesores comprobaron un notable progreso en mis estudios y estaban encantados conmigo. No podía fallar, “conseguiría los diplomas con nota alta” me repetía constantemente.

En clase, formábamos un grupo muy especial y divertido y a veces intercambiábamos apuntes e ideas ayudándonos unos a otros e incluso, algunas veces, quedábamos fuera de clase para hacer aquellos trabajos que requerían la participación de varios alumnos.

El profesorado viendo la trayectoria del grupo que tenían ante ellos y acercándose el día de Sant Jordi, nos animaron a presentarnos en las diferentes temáticas que oficialmente exigían para concursar. Después de pensarlo un poco, puesto que tenía que conciliar mi trabajo de comercial de peluquería con la escuela nocturna, acepté sabiendo que sacrificaría horas de descanso y diversión para poder cumplir con dicho cometido.

Debo decir que obtuve un primer premio en Relato Corto, un segundo premio en Cartas, y un accésit en Viñetas con texto incorporado (auques). (Todo escrito en lengua catalana). Todo un éxito, cuyos premios podía haber recibido en La Biblioteca Can Sumarro, una antigua masía del siglo XVl, reformada y habilitada por el Ayuntamiento de Hospitalet de Llobregat para estos fines.

El jurado compuesto por profesores de literatura, filósofos e historia de Cataluña, quedaron encantados con mis trabajos y se extrañaron, (según supe después), de que nadie subiera a recoger dichos premios al pronunciar en alto mi nombre; Aitor Tilla, tres veces durante el evento ¿te imaginas, Rodrigo? ¡Aitor Tilla, tres veces! ¡Cómo te reías de mi cuando éramos pequeños! Hace tiempo que debí cambiarme el nombre, (por la hora que era, estoy seguro que despertó el apetito y las risas, de la gente presente allí).

Los ramos de rosas destinadas para los premiados, quedaron tumbados y almacenados en secretaría, sin un triste jarrón con agua, donde poder reanimar sus bellos pétalos, así como las seiscientas pesetas que tenían destinadas para los ganadores del certamen, junto a un paquete de libros escritos en catalán como, que se perdieron, al no presentarse el tres veces laureado; Aitor Tilla, o sea yo.

De todo esto, me enteré dos meses más tarde, cuando me presenté a los exámenes de final de curso. Dio la casualidad que uno de los examinadores, también hizo de jurado en el evento y, al entregarle mi examen escrito, exclamó al ver mí nombre: —<< ¡hombre el famoso Aitor Tilla!>> —observé un ligero tono burlesco, pero era normal, tú, bien sabes que hace tiempo que acepté las bromas sobre este particular, aunque de inmediato se puso serio y me dijo:

—<<excelente trabajo el que presentaste al Certamen del día de San Jordi, lástima que no estuvieras presente para recoger los premios>>

Le expliqué, querido amigo, ¿por qué me fue imposible, ir a recogerlo? Y, a continuación, te lo voy a explicar con todo lujo de detalles, porque sabes que tú y yo, desde que éramos pequeños, no nos hemos ocultado nada.

Ese mismo día ocurrió algo, que fue la causa que me impidió hacerlo. Tú sabes que soy comercial de peluquería, pues bien, aquél día me dispuse a hacer mi trabajo un poco más rápido de lo habitual, para poder plegar antes. Sin embargo, no tuve en cuenta la gran dificultad que había en esa zona, para estacionar el coche. Mientras buscaba aparcamiento recibí la llamada de una clienta que necesitaba hacer un pedido urgente. Le dije que estaba cerca de allí pero que no podía aparcar mi vehículo. Ella, me contestó que me acercara a la peluquería y me dejaría las llaves de su parquin que estaba justo al lado. Su marido se había llevado el coche, y la plaza estaba desocupada y no vendría hasta después del mediodía.

Cuando llegué al salón de peluquería me estaba esperando en la puerta, y sin necesidad de bajar del coche, me indicó el número de plaza y como debía manipular el mando. Dejé el coche bien estacionado y una vez en la peluquería le tomé nota del pedido, de los productos que necesitaba y los transmití por ordenador a la central de mi empresa de forma urgente. Le dije que en tres días como máximo los tendría en su poder.

Le iba a devolver las llaves y el mando del parquin y me dijo que no hacía falta, que lo dejara allí, hasta el mediodía, sin problemas, <<así puedes hacer la ruta con tranquilidad>>—me dijo—Yo, aliviado y muy agradecido lo acepté. Me quitaba un gran peso de encima, pues esa zona era y sigue siendo, muy complicada para aparcar.

Al mediodía, después de hacer las visitas por aquél sector, volví a la peluquería con la intención de devolverle el mando y la llave que abría la puerta del parquin. Ella, ya estaba recogiendo y barriendo los pelos de las clientas caídos en el suelo. Intercambiamos unas palabras relacionadas con nuestros respectivos trabajos y de golpe me preguntó—<< ¿y ahora adónde vas a comer, Aitor?>>—<<no lo sé…primero sacaré el coche, por si viene tu marido, no vaya a ser que venga y se encuentre la plaza ocupada por otro vehículo y se arme la de San Quintín, después… ya veré que hago<<—le dije con naturalidad— << ¡tonterías, te quedas a comer en casa! ¿Porque vas a irte ahora que estás bien aparcado? Me soltó de sopetón—<<pero… ¿y tu marido?>>le contesté—<<mi marido ha llamado que no viene a comer, que tiene mucho trabajo…dice…y que vendrá muy tarde>>—dijo haciendo un mohín con la boca—<< ¡ah! ¡Vaya pues sí que tiene trabajo! —contesté y añadí—<<hoy en día es de afortunados tener tanto trabajo, estaréis contentos>>—a lo que añadió con una ironía que no dejaba lugar a dudas su desconfianza—<<contentos, a saber a lo que él llama trabajar, en fin no se hable más, ¡ te quedas a comer!, así todos contentos tú, yo y mi marido>>—<<pues vale >>—dije, pensando que era una situación un poco rara, pero me la quedé mirando con otros ojos diferentes, a la clienta que me había llamado aquella mañana pidiéndome unos productos urgentes.

Lo cierto fue, que me gustaba esa idea, sonaba diferente, rompía con la rutina. Me habían ido bien las ventas por la mañana, y pensé—<<después de comer hago un par de visitas más, y me voy directamente al evento de la escuela de adultos>>—, tenía buenas vibraciones de alcanzar algún premio.

María José, que así se llamaba la clienta, me sonrió complacida, cuando acepté quedarme a comer. Subimos a su piso en el mismo edificio donde tenía la peluquería, que en realidad era una especie de dúplex, sin serlo, pues se comunicaba el piso con una terraza muy amplia, a través de una escalera exterior.

Debo decir que me causó una gran impresión ver la amplitud del piso, con un comedor grande con cuadros de pintores famosos colgados en las paredes y tres habitaciones, una de matrimonio y dos más un poco más pequeñas. Las tres bien amuebladas y adornadas con exquisito gusto.

Todo en general me hablaba del alto poder adquisitivo que aquella familia debía tener, pero la peluquería era pequeña y no creo que diera para tanto así que pensé que el marido debía ganar una buena pasta.

Mientras me lo iba mostrando llegamos a la cocina, que se veía claramente que hacía las veces de comedor. Era una cocina moderna y amplia, de vitrocerámica, con horno, lavavajillas, frigorífico de dos puertas. Una cocina en las que se podía apreciar todo tipo de especias y utensilios. En definitiva, una cocina preparada para cocinar todo tipo de comidas, digna de personas amantes del buen yantar.

En un rincón de la cocina, resaltaba, una vinoteca con las mejores añadas de las bodegas riojanas, riberas, priorato y otros y sobre el mármol de la cocina un jamón ibérico, colocado en el jamonero con la pezuña hacia abajo; una señal inequívoca de la afición de aquella familia por las extremidades curadas de los porcinos.

María José, se percató enseguida de la mirada que le hice al ibérico y a la vinoteca y con una espontaneidad muy natural me preguntó si me gustaba el vino, yo le dije que los buenos vinos, sí —<<pues anda abre la que te apetezca y corta un poco de jamón, en ese cajón tienes los cubiertos y un mantel, y en el frigorífico tienes un poco de pan descongélalo, mientras tanto, me voy a dar una ducha, después tengo preparado unos canelones y un entrecot, para comer ¿te apetece?>>—la pregunta no era muy difícil de contestar, pero te puedo asegurar Rodrigo, que busqué por todos los rincones,¿ dónde estaba la cámara oculta!. Le contesté que sí, ¿y…por qué no?, se me había despertado el apetito. (Seguro que si estuvieras aquí dirías ¿Cuáles? Y yo te contestaría; todos)

Bueno, prosigo; Preparé la mesa. Corté un poco de aquél apetitoso jamón y descorché una botella de priorato Ermita año 1995 (había visto un reportaje por la tele de unos hippies que transformaron aquél territorio pobre, de tierras con suelo de pizarras de la provincia de Tarragona y me dije —<<pues…éste mismo>>.

Cuando salió de la ducha, habían pasado tres cuartos de hora, a esas alturas yo, ya me había comido un platito de jamón e iba por la tercera copa de vino, y allí, sentado en un taburete recio de madera de pino, y masticando jamón la contemplé con la boca abierta, mientras se acercaba hacia mí. Se había secado el cabello, y su larga melena rubia ondulada, le caía grácilmente sobre los hombros tapándole parcialmente uno de sus senos. Llevaba una bata de encaje con cinturón de color negro. Sus pechos, sólidos y poderosos, se desplazaban con un ligero vaivén, amenazando salir de un momento a otro por el centro de la misma. Se sentó a horcajadas en otro taburete, frente a mí y me dijo:—<<me pones otra copa para mí, por favor>>—le contesté que sí y acercando su copa a la mía, la chocó y haciendo un brindis dijo—<< ¡por las cosas buenas de la vida!>> se la bebió y poniendo sus manos sobre mis rodillas, acercó su cara a pocos centímetros de la mía.— ¡hostia, has descorchado la botella de vino del priorato!— Exclamó con expresión divertida—Di un brinco hacia atrás asustado—<<¿¡sabes que mi marido se desplazó expresamente a Gratallops a las bodegas del Priorato, para comprarlo y lo quería abrir en nuestro aniversario!?>>continuó divertida—, <<…lo siento, yo…no sabía que…me dijiste que descorchara una y…>>—balbucí unas palabras, sin saber que decir—<<tranquilo, tiene más…pero… de otras bodegas>>— y mojándose los labios dijo—<<está bueno ¿no te parece?>>y se acercó tanto a mí que mis manos de forma automática e impulsiva fueron a parar a uno de sus pechos sosteniéndolo y acariciándolo ¡qué gozada Rodrigo!, ¡ qué piel más suave y sensual! Nos miramos a los ojos, y acercando nuestras bocas entreabiertas sedientas de placer sellamos aquél momento en un largo y apasionado beso. Jamás mis sentidos habían experimentado tanto placer.

¿Pero qué te impidió ir a al evento literario, te seguirás preguntando tú, Rodrigo? sigue leyendo y lo descubrirás.

Después de hacer el amor sobre el suelo de la cocina, María José y yo nos comimos los canalones y los entrecotes que ya tenía preparados dando cuenta del resto de la botella del priorato, y, como no podía ser de otra manera, tal y como se iban desarrollando los acontecimientos, acabamos en la cama de matrimonio, desplegando todo nuestro potencial sexual en una maratón de posturas eróticas, que nuestra mente pudo imaginar.

No tienes ni idea de lo que sabe hacer esta mujer, aunque yo, tampoco me quedé atrás—<<tenías que haber visto y oído como gritaba de placer>>— En estas estábamos cuando oímos la voz de su marido que desde la puerta gritaba—<< ¿Dónde estás Mari? He dejado el coche encima de la acera, porque un capullo, ha ocupado mi plaza de parquin y he vuelto antes porque tengo fiebre, no me encuentro muy bien>>, << ¿estás en la cocina, Mari?>>—y ya desde la cocina—<< ¡joder, Mari, has descorchado el Ermita, ya te vale!

Y así, hasta que llegó a la habitación y nos encontró a los dos en la cama jadeando de placer. El resto te lo puedes imaginar, todo pasó muy rápido, de la paliza que me dio estuve dos meses recuperándome en el hospital. Por eso no estuve aquél día recogiendo los premios que merecidamente había ganado>>

Recibe un fuerte abrazo de tu amigo que te quiere,

Aitor

 

Y esta es la carta que aún conservo en mi poder y les puedo asegurar que mi amigo de Bilbao, Aitor Tilla no exageraba. Aunque todavía sigue preguntándose, porque siempre ha despertado en la gente un deseo de comérselo.