No nos lo esperábamos y nos cogió desprevenidos.

 

—¿Por qué llora mi madre? ¿Mamá por qué lloras? —no me oye.

—¿mamá que le pasa a mi hermano? —Es mi hermano José Luís está junto a mi madre y a mi padre ¿Qué tiene en la mano mi padre? ¡ah! Es una jeringuilla. Están todos aquí. Mis hermanos, mis abuelos, mis padres. Todos miran a mi padre con recelo. Me miran a mí y lloran. Les hablo, pero no me oyen ¿Qué me ha pasado? ¿Dónde estoy? Parece un túnel. Me recuerda el túnel del Tibidabo, pero este no gira es estático. Ya no veo a mi madre detrás de mí. Ni a nadie. Todo es oscuridad. Tengo miedo. Estoy paralizado. Frente a mí al final del túnel una luz que me ciega los ojos. Avanzo con dificultad hacia ella cubriéndome los ojos con mis manos. No sé lo que me encontraré allí, pero avanzo. No hay otro camino. Estoy dentro de la luz. Ahora no tengo temor alguno.

—¿Pepe que ha pasado?

—No lo sé, Lola, no se estaba quieto. Estaba muy tenso. Creo que he pinchado en un nervio. Id a buscar a un médico.

El lugar donde se encontraba no era físico. Allí no había camas donde acostarse. Ni sillas donde sentarse. Ni casas donde vivir. Ni tierras para arar. Ni animales para cuidar y domesticar. Allí no había nada, pero se estaba muy bien. No le dolía nada y una sensación de bienestar le acompañaba como si estuviera en una burbuja flotando en la nada.

Pero poco a poco vio desarrollar todos los acontecimientos que rodeaban a su familia en su cotidiano vivir. Vio llorar a su madre todos los días del año sin excepción y a su padre hundiéndose en una depresión profunda que le llevó a alcoholizarse muriendo de una cirrosis en unos pocos años. Vio a sus hermanos crecer y vivir, conviviendo entre la pena y las peleas entre ellos y la de sus progenitores, echándose las culpas mutuamente. Y a los abuelos y tíos rezar cada tarde repitiendo aquel latiguillo constante de: <<ya sabíamos que no era buena idea que le pusieras tú las inyecciones y te lo dijimos, mejor llama a un practicante, pero tú por ahorrarte unas pesetas…ves lo que ha pasado>> Eso, lo veía cada día desde aquél limbo.

También vio crecer y casarse a aquella niña que todos consideraban su novia, si es que a los ocho años se puede tener novia. Maribel, se llamaba. Aunque Maribel llorara mucho al principio, solo le duró una semana el luto por él. Encontró otro novio con el que arrullarse cuando jugaban al escondite y se iban al lugar preferido por ellos; aquél hueco debajo de las escaleras donde vivía la señora Vicenta la peluquera.

Todo se desarrollaba ante su vista de forma natural y progresiva era sorprendente para él y muchas veces doloroso para los que vivían allí abajo.

Su bisabuela ya no tenía a quién explicarle cuentos. Aquellos cuentos inventados similares a los de Andersen, pero con sabor y acento andaluz Ni tampoco ella tenía ya a su aliado para que le fuera a comprar cazalla a Ca L´emilio, con la excusa de que era para que su abuela se lavara los ojos, no ahora se limpiaría los ojos con las lágrimas derramadas por él.

Su abuela ya no tenía que apartarle los ajos y el tomate de las habichuelas porque a él le daban nauseas esos vegetales cocidos y ya no estaba en este mundo para comérselas. Y tampoco le diría que él era su nieto favorito, pero que no se lo dijera a nadie.

Su abuelo ya no le contaría sus batallitas de cuando estuvo en la guerra de África ni le dejaría empuñar el sable de caballería que aún guardaba de su estancia en el ejército porque él ya no estaba presente. Tampoco vería el duelo a bastón y sable que protagonizaban su bisabuela y su abuelo (suegra y yerno), cuando se enfadaban, en el pasillo de la casa.

Su madre ya no le haría la raya a un lado y lo peinaría con aquella bonita onda que le quedaba tan bien y tampoco podría imitar la voz del cartero para engañarla y hacerla salir a la calle a buscar la carta que no existía. Y su padre no seguiría trabajando y siendo una persona digna sin ningún tipo de culpabilidad ocupándose de su familia y yo, ya no le daría un beso cuando volviera del trabajo.

Su hermana mayor ya no le invitaría a su cama los días de crudo invierno y le rodearía con sus brazos para que no pasara frio y su hermano ya no tendría que defenderlo en la calle cuando algún niño mayor se metiera con él. Tampoco él defendería a su hermana pequeña de las agresiones de otros niños.

Tengo que volver encontrar el camino de vuelta. El futuro no es muy halagüeño. Todavía algo falta allí abajo. Ya oigo voces. Estoy en casa.

—¿qué ha pasado? —preguntó el doctor.

—no lo sabemos doctor le puse la inyección como siempre pero no se estaba quieto, su madre lo sujetó y yo no acerté con la aguja—

—tenían que haberle calmado antes de ponérsela, habrá atravesado un nervio. Le he puesto un calmante enseguida lo recuperaremos—

—ya, pero se movió tanto que no nos lo esperábamos y …nos cogió desprevenidos—

—ya abre los ojos—

—¿Cómo estás hijo? —

—Estaba muy a gusto mamá. Estaba en un lugar agradable, donde todo era paz y no existía el tiempo ni nada que fuera material. He visto pasar toda mi vida y he vuelto porque todavía hago falta aquí—

—ha sufrido una E.C.M.—dijo el doctor.