De Matar También Se Sale

 

Por: Daniel Lerma Vilanova

 

Mi nombre en clave es Roberto, pero me llamo José Perales. Tengo cincuenta años, y soy soltero, llevo en este mundillo desde los dieciséis. Soy corredor de zapatos, y esa es mi tapadera. No pensé que algún día llegaría el momento de “colgar las botas” pero después de 831 asesinatos que cometí a lo largo de mi carrera, no me veo en disposición de seguir. No es que me sienta amenazado o investigado, nada de eso. Todos los crímenes que he cometido han sido perfectos en ninguno de ellos he sentido que el brazo de la ley, como le llaman, cayera sobre mí. Ni siquiera me han llamado a declarar por ser testigo de algo, o llamarme la atención por haberme equivocado en la declaración de renta.

He sido tan meticuloso en mi profesión y en mi vida. Tan perfeccionista e inmaculado, que estoy muy solicitado por aquellos que quieren desembarazarse de alguien que les moleste.

El canal que utilizo es totalmente seguro. Una agencia se encarga de enviarme un sobre, a un apartado de correos, con los datos del sujeto que se ha de eliminar; sea hombre, mujer o animal. Dentro de él me adjuntan; una fotografía (o varias), el domicilio del trabajo o de su casa, sus hábitos, profesión y horarios. Y, yo me encargo de eliminarlo o de eliminarla.

El motivo por el que quiero dejarlo, es que me canso. Me aburre matar. Es muy tedioso. Y, últimamente sueño mucho con mi trabajo. Tengo pesadillas. Estoy depresivo, desanimado. Siento un gran vacío en mi interior. El último trabajo me ha dejado hecho polvo. Matar a esa jueza ha sido deplorable. Este encargo fue muy especial. Debía matarla como ellos querían; degollándola, y lo hice. No me dejaron hacerlo a mi manera. Un solo disparo hubiera bastado. Más limpio más rápido, pero no, tenía que ser como ellos quisieran.

Doblaron la cantidad de dinero que suelen pagarme habitualmente, por hacerlo como ellos querían y debía mandarles una fotografía cuando acabara el trabajo y … ¡Sí, lo hice! Pero la expresión de sus ojos en el momento de hacerlo, esa imagen, todavía la tengo grabada en mi mente.

Durante años he permanecido siempre escondido. Amparado en el anonimato. Pasando desapercibido, sin llamar la atención. Cambiando de domicilio continuamente. Viviendo la mayoría de veces en hoteles de baja calidad, hostales y pensiones de dudosa reputación, y cambiando mi aspecto personal continuamente. Ahora quiero acabar con esta vida quiero saber si de matar también se sale, pero necesito ayuda.

Ya tengo psiquiatra, se llama Manel García, es muy bueno. De momento llevo seis meses sin aceptar ningún encargo.

(Seis meses atrás).

La jueza Anna Castell, abre la puerta de su casa después de un día largo y agotador, en los juzgados de la Ciudad de la Justicia.

—¡Hola!, ¿cariño eres tú?, estoy en la cocina, ven—

—¡hola!, mi amor—

—¿Cómo ha ido el día? ¿has empapelado a alguien hoy? —

—Ja ja ja, el montón de papeles que hay encima de mi mesa me va a empapelar a mí—

—Te pongo una copa de vino y me lo cuentas—

—Sí, de acuerdo pónmela. Tengo varios casos importantes, en los que están implicados gente muy poderosa y ya he recibido algún mensajito en forma de amenaza, sabes, y como no he hecho caso a sus dádivas lo intentan por otro lado—

—¿algo que me deba preocupar, cielo?

—no, nada, tranquilo es lo de siempre, mi amor, ¿y a ti como te ha ido en el consultorio?, ¿has dado de alta a alguno de tus locos paranoicos? —

—cada día hay más gente en mi consulta, la mayoría son gente con problemas psicosomáticos, ansiedad, insomnio, lo habitual; enfermedades de ricos ya sabes, nada que no se arregle con una buena terapia y algunos fármacos ¿te apetece otro vino, mi amor? —

—sí, por favor ¿Qué tenemos hoy para cenar?

—Juanita, nos ha dejado un par de besugos al horno con patatitas asadas ¿quieres que los caliente ya, o espero un poco? —

—espera un poco, me tomo el vino me ducho y luego cenamos, ¿te parece?

—me parece bien, ¿quieres algún postre en especial? —

—Sí, pero eso me lo das más tarde en nuestro dormitorio, quiero que me psicoanalices un poco, estoy un poco loca, sabes, pero de amor por ti—

— ¡Caramba! Creo que tengo el remedio. Te doy un adelanto (besos).

Aquella fue la última noche que el doctor Manel García, psicoterapeuta experto en enfermedades mentales, hizo el amor con su esposa, al día siguiente a última hora de la tarde fue encontrada muerta en los aparcamientos de su bloque. La noticia corrió como la pólvora en distintos medios de comunicación del país. El asesino la degolló cruelmente dejándola tendida en medio de un gran charco de sangre. En la zona del crimen no se encontraron rastros de huellas y la policía concluyó que era obra de un profesional. Un sicario, probablemente, pagado por alguno de los encausados en las últimas detenciones.

Al sepelio acudió gran parte de la judicatura. Los titulares decían así: <<El famoso psiquiatra y psicoterapeuta Manel García, viudo de la jueza Anna Castell, sumido en una gran tristeza por el asesinato de su querida esposa, ha hecho unas declaraciones en las que manifiesta la falta de protección para los servidores públicos e insta al Gobierno a reforzar las medidas protectoras pertinentes y eficaces. Ha terminado con estas últimas palabras, “eso no debería volver a suceder nunca más”>>

No había día en que el doctor García no se acordara de su esposa Anna. La echaba mucho de menos, pero después de unos días de descanso decidió volver a la rutina. Era curioso, pero, lo que en más de una ocasión había recomendado a sus pacientes, se lo tuvo que aplicar a él mismo.

Anabel, su secretaria lo llamaba cada día, para informarle de las llamadas de pacientes que estaban en medio de un tratamiento y de nuevos pacientes que querían que los tratase. Había pactado con su secretaria el tratamiento especial parecido al que solía dar en épocas estivales; medicación pautada y mucha paciencia y suavidad cuando llamaran los desesperados, a la espera de su vuelta a la consulta.

El primer día que volvió a la consulta fue a la semana del asesinato de su querida esposa. Su secretaria le había preparado un par de pacientes por la mañana y uno por la tarde. Hacía tiempo que trabajaba con él y lo conocía a la perfección. Esa era la mejor manera de volver a la rutina, paulatinamente.

Le comentó que le había incluido un nuevo paciente en la agenda, que insistía mucho en que lo tratara. Había cogido todos sus datos. Se trataba de un comercial de zapatos, pero él, le dijo que lo trataría al día siguiente a primera hora de la mañana.

A la mañana siguiente recibió al nuevo paciente.

—buenos días señor…Perales, soy el doctor García, mi secretaria me ha informado que usted tenía mucha urgencia por venir y que está usted preocupado porque no duerme por las noches. Tiene pesadillas y cree que está deprimido ¿es correcto? —

—exacto doctor, pero antes déjeme darle mi más sincero pésame—

—gracias, pero…como lo…—

—¿Cómo me he enterado?, por los periódicos y a raíz de ver su nombre y lo bien que hablaban los medios sobre usted, decidí ponerme en sus manos.

—bien, pues, acomódese y empecemos, ya sabe que las sesiones tendrán una duración de cincuenta minutos, una vez a la semana y a medida que vayamos viendo su evolución, así haremos ¿de acuerdo?

—de acuerdo—

—Dice usted que no puede dormir, que tiene sueños recurrentes, pesadillas. Cuénteme ¿Cómo son esas pesadillas?

—meto una bala en el cargador. Tengo el objetivo a la vista, apunto y aprieto el gatillo, veo caer a la víctima recojo el material y me voy. Misión cumplida—

—¿Siempre es el mismo sueño? —

—no, siempre no, a veces sueño que soy yo la víctima—

—y, … ¿ve usted quién le dispara? ¿ve usted a su asesino? —

—no, está en la oscuridad, no distingo sus facciones—

—¿nunca? ¿no intuye quién puede ser? —

—no, ya le digo que no le puedo ver la cara. Me acerco para verle mejor, pero antes de verlo me despierto bañado en sudor. Después ya no me puedo volver a dormir—

—según su ficha usted es viajante, vende zapatos ¿sí?

—sí, así es—

—interesante—exclamó el doctor—Bueno por hoy es suficiente. La próxima semana continuaremos—

—¿cree que me curaré doctor? —

—por supuesto la terapia nos allanará el camino para saber donde radican sus temores y cuál es el origen de sus problemas. Si fuera necesario el próximo día le someteré a una sesión de hipnosis—

—si usted lo ve necesario, adelante—

—sí, lo veo muy necesario. Le recetaré unas pastillas. Tómeselas a la hora de ir a dormir. Le ayudarán a conciliar el sueño—

—gracias doctor, quiero hacerle una pregunta. Ya sé que usted me dijo que estas sesiones de psicoterapia me ayudarían a resolver mis problemas de insomnio y que todo lo que se dijera en ellas sería totalmente confidencial, pero quiero que me lo repita una vez más, por favor—

—nuestro código ético deontológico nos prohíbe y obliga a no difundir la relación médico paciente y respetar la confidencialidad de lo que nos manifieste el paciente, pero eso ya se lo dijo mi secretaria cuando le hizo la ficha ¿quiere que se lo dé por escrito? —dijo visiblemente enfadado el doctor.

—sí, por favor—

—de acuerdo en la próxima visita lo tendrá—

—no, la quiero ahora—

—pero…—

—ahora por favor—

—de acuerdo, le diré a mi secretaria que redacte un contrato de confidencialidad, ahora si es tan amable vaya a la salita de espera, en unos minutos lo tendrá. Hasta la semana que viene—

Esta manera de pedirle la cláusula de confidencialidad, le pareció más una exigencia que una petición y dejó al doctor García un poco desconcertado. Se sintió un poco violento. Este paciente era muy especial, por un lado, manifestaba una clara alteración de su carácter, pero por otro, veía en él un tipo frío calculador. Pensó que la sesión de hipnosis le abriría un camino esclarecedor para saber qué traumas tenía y como resolverlos.

Para el doctor García el fin de semana fue una auténtica tortura. No dejaba de mirar la puerta de casa, esperando, quién sabe, ver entrar a su esposa por ella y que todo en realidad hubiera sido un mal sueño. Pero no fue así, optó por tomarse un tranquilizante para poder descansar y se durmió.

El lunes al llegar a la consulta su secretaria le recordó las citas de aquella mañana. Entre ellas estaba la del señor Perales. Repasó la ficha para refrescarse la memoria e hizo pasar al paciente.

—Buenos días señor Perales, ¿Cómo se encuentra hoy? ¿Ha podido descansar por las noches? —

—si le digo la verdad, no. He vuelto a tener pesadillas. Necesitaría algo más fuerte ¿sería posible? —

—bueno, creo que de momento hemos de ser muy prudentes. Dígame una cosa, por las noches dice usted que tiene pesadillas, pero por el día en su cotidianidad como se encuentra, ¿le divierte su trabajo?

—Francamente, no. Hace años que me aburre muchísimo. Viajo mucho y toda la gente con la que contacto es nueva, no tengo familiaridad con ella. Me siento muy aislado. Necesito otro tipo de emoción en mi vida más…como diría yo, normalidad cosas mundanas. Yo veo a la gente discutir en los bares, por cualquier cosa, fútbol, política, religión ¡caray!, eso es una vida emocionante. Es una pasada verlos como se enzarzan por cosas cotidianas—

—¡Interesante! ¿Ha visto algo últimamente que le llegara a emocionar?

—Sí, el otro día vi a dos conductores que se peleaban por un aparcamiento. Fue emocionante. Salieron del coche los dos y sin mediar palabra se liaron a puñetazos—<<que lo he visto yo primero, no, que he sido yo>> ¡ah! Y lo que si me excitó fue lo de aquella señora que iba con su perro y dejó una plasta en medio de un portal, y no la recogió, salió un vecino y le recriminó que no lo hiciera, la señora lo envió a la mierda, así tal cual ¡demonio! Entonces vi como ese vecino cogió la mierda con la mano y se la restregó por la espalda a la señora, y se fue corriendo exclamando: — << ¡a ver si me pillas, vieja!>> —¡eso es vivir! Y no lo que hago yo.

José Perales continuó explicándole al doctor todos sus anhelos y el modelo de vida que le gustaría adoptar a partir de aquél momento.

— Echo a faltar esas cosas cotidianas, mundanas es por eso que he decidido ir a un psicólogo o psicoanalista con el único propósito de dejar esa vida tan solitaria y tediosa—

—Yo, no soy solo un psicoanalista soy psiquiatra y creo que ha hecho bien en venir aquí, usted tiene un grave problema. Son traumas del pasado que afectan a su personalidad y solo le podré ayudar mediante la hipnosis así que le pregunto ¿está usted dispuesto en este momento, a someterse a unas sesiones? —

—estoy dispuesto doctor—

—pues empecemos, relájese, mire aquí—dijo el doctor poniéndole el dedo índice frente a sus ojos.

—respire hondo. Tiene usted mucho sueño. Sus párpados le pesan mucho. Sus ojos le pesan y pronto estará usted dormido en un sueño profundo. Contestará a mis preguntas y me hablará desde que usted era pequeño. Iremos poco a poco por etapas, no se preocupe le despertaré oportunamente para que no sufra ningún colapso. Contaré hasta cinco y despertará.

Las respuestas del paciente iban siendo anotadas por el doctor en una libreta y le fueron alumbrando en el complicado engranaje de la mente de aquél asesino.  Y, así sesión tras sesión el doctor fue descubriendo mediante la hipnosis como aquél niño huérfano de padre y madre fue adoptado por un personaje que le instruyó para asesinar como si eso fuera lo más natural del mundo.

El doctor para poder paliar sus sufrimientos nocturnos, le iba suministrando fármacos cada vez más fuertes. A los seis meses, el doctor se encontró ante la disyuntiva de denunciarlo a la policía, las declaraciones eran cada vez más cruentas, pero su código de confidencialidad le impedía hacerlo. Los resultados según las declaraciones que el paciente le hacía en las sesiones de hipnosis, eran satisfactorios. José Perales, hacía seis meses que no había aceptado ningún encargo de la agencia. Quizás sería él mismo el que tuviera la iniciativa de entregarse y reconocer sus crímenes.

Hasta que en una de aquellas sesiones descubrió que quién mató a su querida esposa fue él. Tuvo que hacer un considerable esfuerzo para no estrangularlo en ese mismo instante y cuando despertó, como siempre hacía, le preguntaba qué tal había ido, el doctor le contestó normalmente.

—¿Doctor cómo ha ido hoy, que he contado?, ¿algo a destacar?

—No, nada. Más de lo mismo, todo va bien—

—estupendo, pues hasta la semana que viene—

—hasta la semana que viene José. ¡ah! Espera, esta vez, te tomarás estas pastillas, te aliviaran bastante—

—¿seguro? —

—ya lo verás—

Cuando hubo salido le dijo a la secretaria—Lucía borra de la lista de citas al señor Perales, ya no volverá más—

—¿está curado doctor? —

—sí, sí, está curado…y para siempre.