MAMIHLAPINATAPEI.

Por: Daniel Lerma Vilanova.

 

Aquella tarde, no recuerdo, ni importa de qué día, ni de qué mes, ni de qué año, ¡qué más da!, lo único que importaba eras tú. Mejor dicho, tu mirada. Mejor aún la fuerza de tu mirada. El mensaje de tu mirada que me llegaba desde el lugar donde te encontrabas tú; tres mesas más allá de donde se encontraba la mía, en aquél encantador restaurante a las afueras de la ciudad de Barcelona; a los pies de la montaña de Montserrat.

A veces la soledad del que trabaja fuera de casa, se convierte en una triste estancia por el espacio compartido por otras personas ajenas a tu vida interior, a tus pensamientos, deseos, preocupaciones y anhelos. A veces la soledad en medio de cientos de personas, se convierte en un tormento tedioso, insufrible y penoso.

Muchas veces las miradas de otros pasan fútilmente ante tus ojos y las personas se convierten en simples figurantes, protagonistas intrascendentes, que discurren en tu espacio temporal vital paralelo, pero sin ninguna contribución social ni emocional. Entonces te das cuenta que la vida no tiene sentido. Nos convertimos en unos autómatas humanos, en robots.

Pero aquella tarde, todo fue distinto. Había terminado de comer. No recuerdo que comí, no importaba, otras veces sí ha importado, cuando al comer lleno mi ansia y emboto mis sentidos con el único deseo hedonista de anularme para otros placeres de la vida, pero aquella tarde frente a la taza de café, que segundos antes me había traído el camarero, no.

Cuando me tomé el café, levanté la vista y allí estaba ella con su mirada fija en mí. Con sus ojos redondos de color oscuro y acuosos que sin pestañear me decía:<<no apartes la mirada de estos ojos que te miran, sumérgete en ellos, entra sin miedo, no mires alrededor, ni te importe que la gente mire que nos miramos, ni te importe que al mirarnos vean que nos amamos>>

Sentado en la mesa con la mirada fija en su mirada, me trasladé sin saber cómo a otro lugar. Era un espacio temporal-físico lo más parecido a un sueño celestial, tranquilo y agradable. Un espacio onírico donde las insonoridades de las palabras se convirtieron en un susurro que acariciaban mis oídos y estimulaban mis sentidos. Quise decirle cuanto me apetecía entrar en ella para fundirme y hacer de nosotros una sola persona, pero no se lo dije. Su mirada me susurraba, por favor sigue ahí, no te desvíes, no te separes, sigue bailando conmigo no cortes este hilo acogedor que nos une y nos transporta a ese lugar ideal de los sueños que se hacen posibles con las miradas, pero que desaparecen cuando dejas de mirar.

Fueron unos instantes solo. Cuando estás mal, el tiempo se hace interminable y la vida también, pero esos instantes que nos miramos, hizo que la vida valiese la pena vivirla.

Unos años más tarde con motivo de un viaje a Argentina, la guía que nos acompañó en Tierra del Fuego, nos habló del viaje que efectuó Magallanes para dar la vuelta al mundo y entre las muchas cosas interesantes que nos contó de aquellas tierras, una de ellas fue que entre los yámanas también llamados yagan, utilizaban una palabra en su lengua nativa, que me remontó a aquél día en el que mantuve una intensa relación comunicativa a través de una mirada. La guía nos contó que ellos utilizaban una palabra que podía convertirse en la más concisa de todos los idiomas del mundo para referirse a una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambas desean pero que no ninguna se anima a iniciar.

Esa palabra era:<< Mamihlapinatapei>>

 

PS

De la hermosa mujer de bellos ojos, nunca más he sabido de ella. No la he vuelto a ver, a pesar de que la he buscado en innumerables ocasiones. Pero he aprendido que no debo bajar ni apartar la mirada cuando alguien te está intentando decir algo con la suya. Aunque si reclamo para mi próxima comunicación visual, un observador neutral y externo que nos aclare la naturaleza de nuestras miradas y nos anime a iniciar la acción que ambos deseamos. Si es un yámana mejor. Él entiende de miradas.