Por: Daniel Lerma Vilanova

 

La diferencia entre los animales y las personas, es que nosotros tenemos consciencia de lo que sabemos y ellos no. Un perro puede seguir un rastro y una abeja u hormiga pueden hacer construcciones que a un ser humano les costaría mucho, o que, simplemente, no las haría nunca. El quid de la cuestión es que ellos no saben que lo saben y nosotros sí.

Nosotros desde pequeños sabemos articular las palabras. Salen de nuestra boca (oris), palabra de origen latín, nuestra lengua madre, y por eso se llaman oraciones, un conjunto de palabras que una vez estructuradas se convierten en frases. Todas las palabras las tenemos en el diccionario y si estuvieran sueltas y lo sacudiéramos, de él caerían; nombres, determinantes, pronombres, adjetivos, verbos, adverbios, conjunciones y preposiciones y esto ocurre en todos los idiomas del mundo, (bueno, no estoy seguro, si eso mismo sucede en el idioma chino o japonés).

Lo cierto es que aplicando unas reglas de morfología podemos construir mensajes, frases, y por supuesto llegar a hacer una novela, construir unos versos e incluso utilizar y jugar con las figuras literarias, aquí una hipérbole y allí una metáfora o una personificación.